Prólogo

Enrique FARFÁN MEJÍA

Borges, en el poema “El Golem”, declara: “… en las letras de rosa está la rosa y todo el Nilo cabe en la palabra Nilo”. ¿Cabrá Latinoamérica y África en un texto? La imagen, el dibujo nos hacen pensar que sí y, de ahí, surge la aceptada función del mapa. Tenemos estupendas figuras sugiriendo otros territorios. ¿Será posible vislumbrar la alfabetización inicial en espacios escolarizados y no escolarizados que se da en esos continentes? Este es el propósito de este número.

Los textos aquí incluidos refieren cómo los países latinos y africanos buscan hacerse de un espíritu con muchos rostros, a través del lenguaje escrito. Humboldt sugirió que el espíritu de un pueblo está en su idioma. Tratar de comprender cómo se hacen escritores y lectores, entonces, es preguntarse cómo se hacen de un espíritu propio, en diferentes lugares. Quizás, por eso, la palabra que los lectores encontrarán, más nombrada, es “diversidad”, sea tan sólo por anhelo, como en el texto de Koubi. Pero, parece, al mismo tiempo, que las mayores barreras en el lenguaje escrito y su enseñanza inicial son en ese sentido. La homogeneidad es el nuevo nombre del enemigo a vencer en los territorios de las culturas periféricas de esos dos continentes tal y como lo confirman dos textos que repasan la alfabetización: uno, en Venezuela, hecho por Uzcátegui y Bravo, y otro en México, por parte de Muñoz. Dos textos donde se deja sentir la ausencia de la diferencia y de la visión, desde la experiencia de los pueblos originales en esta experiencia alfabetizadora.

Escribo estas palabras en el estado mexicano de Morelos, después del privilegio de leer, previamente a su publicación, estos ocho artículos y mientras resuenan en el cielo, los cohetes por la celebración de la Virgen de Guadalupe. No puedo dejar de pensar en esa imagen sincrética entre lo europeo y los credos originales de esta tierra que significa la Guadalupana. También, tengo presente que, junto al General Zapata que recorrió estos parajes, iba a su derecha un profesor, Otilio Montaño, encargado de custodiar el bien más preciado de ese ejército indígena: las escrituras novohispanas que daban fe de la propiedad sobre sus propias tierras.

Quizás ese es el sino del lenguaje escrito en América Latina y África: escribir y leer del propio espíritu, con palabras de otra cultura. Esa paradoja está presente en estos artículos. Puede ser que, por eso, los autores buscan, en lo teórico y en lo metodológico, hallar un camino diferente para comprender el desafío de la alfabetización inicial. Encontramos, por ejemplo, la propuesta de Miranda y Miranda retomando la posición epistemológica del marxismo que invita a estudiar el aprendizaje de la lengua escrita con perspectiva histórica: “lo ontogenético recupera lo filogenético”. O el trabajo de Gutiérrez y De Lima quienes sugieren la alfabetización en lengua propia en la perspectiva de los derechos humanos.

En América Latina, hace 50 años, la teoría y el método alfabetizador de Paulo Freire, tuvieron gran auge, planteando la interrelación entre el lenguaje, el trabajo y la vida cotidiana. Poco queda de esa experiencia en la cual los pueblos originales encontraron su letra y sus libros para expresarse. Textos como el de M’ Obiang en África o como el de Pagliutzo y Grubits o el escrito por Vieira y Magalhaes, ambos de Brasil, hacen ver que las lecturas de este número de la revista dan nuevos bríos a esa tarea de apropiarse de la lengua escrita y en la que se juega más que sólo un interesante objeto de estudio: se trata de encontrar en la palabra escrita, no lo olvidemos, un camino en el que se exista.

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